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	<title>Airin's Blog &#187; Uncategorized</title>
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	<description>Cocinando para Ken-chan con Pi y Gingy</description>
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		<title>Los hijos duelen</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Mar 2009 17:08:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Airin Kawasaki</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Desde pequeña, mi madre siempre ha dicho que yo soy una de esas personas que muestra gran resistencia ante el dolor físico y no llora fácilmente.  Cada vez que sufría algún golpe, torcedura o caída, me los aguantaba en silencio asumiendo una actitud de casi total desinterés hacia la lesión.  Eso se vio reforzado cuando [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde pequeña, mi madre siempre ha dicho que yo soy una de esas personas que muestra gran resistencia ante el dolor físico y no llora fácilmente.  Cada vez que sufría algún golpe, torcedura o caída, me los aguantaba en silencio asumiendo una actitud de casi total desinterés hacia la lesión.  Eso se vio reforzado cuando inicié la práctica de artes marciales a los 12 años.  El entrenamiento era bastante arduo y exigente, pero fascinante y adictivo.  Lamentablemente, me retiré a temprana edad de tan apasionante práctica debido a una lesión en la columna vertebral, que se vio agravada por seguir practicando (a pesar de la lesión) durante varios meses después de haber sufrido una seria lumbalgia.</p>
<p><span id="more-58"></span></p>
<p>A pesar de ello, al salir embarazada no pude evitar sentir cierto temor al dolor que me esperaría durante la labor de parto; temor que se vio incrementado al recordar las escenas de tantas películas que he visto en las que las mujeres que están dando a luz se retuercen, gritan y lloran de dolor.  Aun así, trataba de convencerme (aunque sin mucho éxito) de que el parto sólo sería una prueba más en la que la mente podría dominar al dolor (al final de cuentas no puedo dominarlo, ¡pero bue&#8217;&#8230;!).</p>
<p>Y como no hay plazo que no se cumpla, el domingo 8 de marzo mi cuerpo empezó a dar señales de que el momento de la verdad estaba realmente muy cerca.  Apenas inicié la (verdadera) labor de parto (desde dilatación uno) hasta ahora, no he dejado de sufrir algún dolor en alguna parte del cuerpo.  El trabajo de parto me hizo ver que hay un nivel de dolor extremadamente elevado que no sabía que pudiera existir.  Sé que todas las mujeres que hemos pasado por un parto natural hemos atravesado por experiencias distintas; sé de mujeres que no han sentido mayores dolores o molestias, mientras que otras me dicen que sufrieron mucho.  Yo pertenezco al segundo grupo, sin duda alguna.</p>
<p>Cuando los dolores eran tan fuertes que me hacían cerrar fuertemente los ojos para tratar de &#8220;despegarme de este mundo&#8221;, recién iba en dilatación dos (no sé cómo, pero de alguna forma debía llegar a 10&#8230;).  Eso hizo que me rindiera ante el dolor y que en dilatación tres aceptara que me inyectaran los analgésicos (su misma aplicación me hizo saltar de dolor).  Las contracciones seguían su curso y cuando estaba en las tres últimas horas se hicieron aun más insoportables.  Me retorcía, gemía (tratando de hacerlo lo más silenciosamente posible para no espantar a otras pacientes) y hasta derramaba lágrimas.  En esos momentos, más de una persona me ofreció su mano para estrechársela (entiéndase estrujársela) durante los dolores, pero me concienticé en no hacerlo por temor a romperles (literalmente) los dedos.  ¡Cómo deseaba que todo acabara!  Aunque suene ridículo, ¡hasta me estaba arrepintiendo de estar ahí!</p>
<p>Cuando iba en dilatación nueve, se me ocurrió la &#8220;brillante&#8221; idea de pedir a gritos cesárea (aunque no llegué a solicitarlo).  Pero en verdad ya era muy tarde para eso, pues mi ginecóloga me había preparado hasta ese momento, arduamente y durante horas, para el gran momento.   Una vez que ella ayudó a mi bebé a posicionarse (justo sobre la dilatación 10), fui llevada rápidamente a la sala de partos.  Cuando iba a traspasarme de una camilla hacia la otra, sentí que la cabeza de mi hijo presionaba fuertemente por salir y no pude evitar gritar de dolor y desesperación, y la epidural (y sus dos refuerzos) no podía mitigarlo.  El dolor hasta entonces había sido insorportable, pero el que estaba sintiendo en ese preciso momento rebasaba todo límite y me acercaba (según yo) a la muerte misma.</p>
<p>Confieso que yo misma me desconocí.  Mi voz no era mi voz, eran gritos llenos de angustia que llenaban la habitación de más tensión (al menos para mi esposo y para mí, pues imagino que el personal médico habrá visto y oído de todo hasta hoy).  La expulsión de mi bebé en sí fue rápida, pero la etapa siguiente a ésta también fue muy dolorosa e incómoda (la extracción de la placenta, principalmente).</p>
<p>Hoy, más de una semana después del nacimiento de Daniel Ken, me encuentro en casa disfrutando de las miraditas curiosas, &#8220;guiños&#8221; y lloriqueos de mi hijito.  Lo amo mucho y quiero darle lo mejor de mí; entre los obsequios que estoy dispuesta a darle sin si siquiera dudarlo, está su lechecita materna.  Pero es tanto su vigor a la hora de succionar, que me ha dejado múltiples heridas en ambos lados, que no llegan a cicatrizar por el &#8220;uso continuo&#8221;.  El hijo me sigue doliendo hasta hoy de esa manera.  El dolor tampoco es sutil, pues hasta me ha hecho derramar lágrimas en dos o tres oportunidades.  Ello me ha obligado a hacer uso de un extractor manual de leche materna, para poder ofrecérsela luego en un biberón.  Confieso que me siento un poco culpable al hacerle usar biberón (pues quería evitar hacerlo en lo posible), pero deseo que todas mis heridas sequen y sanen para poder reanudar la distribución de leche en &#8220;envase original y directo de fábrica&#8221; sin tener que seguir recurriendo al &#8220;cambio de empaque&#8221; en la leche.  Estoy segura que de esa manera la experiencia de dar de lactar y los momentos que pasemos pecho contra pecho juntitos, serán mucho más significativos y ayudarán a estrechar nuestros lazos aun más.</p>
<p>Es por eso que he llegado a la conclusión de que los hijos duelen.  Cuando él crezca y deje de dolerme físicamente, seguramente que ocasionalmente me dolerá en el alma no poder aliviar su angustia, resolver sus problemas, atenuar sus frustraciones o borrar su tristeza.  Pero ahí estaré, para ofrecerle mi hombro o unas palabras de aliento&#8230; porque así como me dolió tenerlo, lo adoro hasta el infinito.</p>
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		<title>Todo lo tenía fríamente calculado</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Mar 2009 15:54:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Airin Kawasaki</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Se dice que a las primerizas se les puede adelantar el trabajo de parto hasta dos semanas&#8230; o incluso retrasárseles el mismo tiempo.  Desde que oí eso, siempre tuve la idea de que se daría el primero de estos casos en mí y que mi hijito nacería justo a tiempo para que su tía Toki [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-medium wp-image-62" title="p1080289" src="http://airin.castagnetto.com/wp-content/uploads/2009/03/p1080289-300x224.jpg" alt="p1080289" width="240" height="179" />Se dice que a las primerizas se les puede adelantar el trabajo de parto hasta dos semanas&#8230; o incluso retrasárseles el mismo tiempo.  Desde que oí eso, siempre tuve la idea de que se daría el primero de estos casos en mí y que mi hijito nacería justo a tiempo para que su tía Toki (quien regresaba a los EUA a fines de febrero) lo pudiera conocer.</p>
<p><span id="more-59"></span></p>
<p>Mi cuñada Toki partió con mis sobrinitos Thomas y Alex hacia Detroit sin haber podido conocer a mi hijo, quien no nació en la semana 38 ó 39 como yo había esperado.  Mi ginecóloga ya me había advertido que ella no consideraba saludable esperar más de las 41 semanas.  En el caso de llegar a la semana 41 sin ninguna novedad, ella inmediatamente me induciría el parto.  Por mi parte, como consideraba que mi barriga no era tan grande como la de otras mamis que he visto, no tenía tanto apuro en que naciera mi hijo porque no significaba un peso insoportable.</p>
<p>Sin embargo, los días pasaban y no había indicios de que mi hijo estuviera preparado (fisiológicamente) para nacer.  Entramos a marzo, pasamos sin dificultad su FPP (fecha probable de parto, que era el 2 de marzo) y, por supuesto, tampoco &#8220;encajaba&#8221; su cabecita.  Es decir, yo seguía con la panza arriba.  Lo preocupante era que el bebé no se sintiera listo para nacer a pesar que había sobrepasado las 40 semanas, pues ello podría significar algún problema con él, el cordón, la placenta u otros.  Algo ya me estaba diciendo que yo me iría de largo hasta la semana 42, cosa que no era la más saludable pues el bebé seguiría creciendo, dificultando así la labor de parto.</p>
<p>El día domingo 8 de marzo, amanecí con cólicos.  Sucede que la noche anterior nos mandamos un atracón en familia, cuando salimos a festejar el cumpleaños de mi hermano David.  Comimos tan rico, que atribuí los dolores en el vientre a un problema digestivo.  Pero luego apareció una señal inminente:  perdí parte del tapón mucoso.  Hasta entonces me habían explicado cómo luce, pero no imaginaba cómo era en realidad.  Pero apenas lo vi, ya no tuve dudas de que el momento estaba muy cerca.  Entonces, empecé a atar cabos sueltos.  ¿No sería que mis cólicos (supuestamente de gases) eran en realidad contracciones?</p>
<p>Como madre primigesta, no tenía ni la más remota idea de cómo se sentía una contracción.  Con el transcurrir de las horas me convencí de que los cólicos eran contracciones aún irregulares.  Estuvieron presentes durante todo el día, aunque sin causar mayores molestias.  La noche del domingo, ya cerca del cambio de fecha a lunes, empecé a sentir dolores más intensos.  Mi idea era descansar, dormir todo lo que pudiera (mientras pudiera) hasta que llegara el momento adecuado para ir a la clínica.  Pero el dolor hacía imposible poder conciliar el sueño.  Fue entonces que se me rompió la fuente, y no me quedó otra opción que ir pronto a la clínica para ser atendida y monitoreada por personal especializado.</p>
<p>Ya allí, me confirmaron que estaba en dilatación dos, así que empezaron a monitorear mis contracciones y las pulsaciones del bebé, ajustando a mi barriga dos dispositivos con un par de bandas elásticas muy ajustadas que no hacían otra cosa que aumentar la incomodidad.  Las horas pasaban y el dolor era cada vez peor, lo cual me hacía presumir que yo ya estaría en dilatación ocho o nueve&#8230; para mi sorpresa, no había pasado de dos y ya la consideraba muy dolorosa.  Cuando avancé a dilatación tres, pedí la epidural.  Ése fue otro pequeño martirio.  Alguien alguna vez me dijo que no dolía&#8230; a mí sí me dolió e incomodó mucho, pero al menos después me permitió relajarme por un par de horas.  Como debía permanecer de cúbito dorsal inmediatamente después de su aplicación (para asegurarse que la anestesia circulara de manera uniforme), nuevamente sufrí el síndrome de hipotensión supina con la consecuente alarmante disminución pronunciada del ritmo cardiaco de mi bebé (nuevamente, a mucho menos de la mitad).  Ya con cierta experiencia en el tema, dados los episodios anteriores durante mis dos últimas visitas al ecografista, simplemente optamos por cambiar mi posición (sobre mi costado izquierdo) para que todo se reestableciera poco a poco.</p>
<p>Las horas avanzaban y no tenía otro consuelo que la presencia de mi esposo, quien se quedó las trece horas conmigo sin separarse de mí y casi sin probar alimento.  Más allá, en otros ambientes, mi mamá permanecía atenta a cualquier información que alguien pudiera brindarle mientras esperaba sentada en un sillón incomodísimo (¡pobre espalda!).  Como a muchas otras mujeres les habrá sucedido, durante la etapa dolorosa sentí rechazo a que mi esposo me hablara o tocara, como si inconscientemente estuviera culpándolo por no poder compartir físicamente tanto dolor conmigo.  Pero el solo hecho de saber que él estaba a mi lado, era suficiente para no sentirme tan sola con tanta carga a cuestas.</p>
<p>Los últimos momentos fueron los peores.  Fue ahí cuando recibí el refuerzo de la epidural y mi ginecóloga ayudó al bebé a girar para ponerse en la posición adecuada para el parto.  Fui llevada a sala de partos en medio de un mar de dolor tan insorpotable, que sentía que moriría o me desvanecería en cualquier momento.  Cuando me dieron la indicación de pujar fuerte, lo hice con todas mis fuerzas (a pesar del intenso dolor), sólo para que mi hijo pudiera salir en la menor cantidad de pujos posibles y aliviar el sufrimiento cuanto antes.  Mucho (o tal vez todo) dependía de mí.  Y así fue; no los conté (porque mi mente estaba en otro sitio), pero mi esposo sí.  Daniel Ken salió a la tercera.</p>
<p>Mi ginecóloga estaba bastante satisfecha pues mi hijo salió de mi vientre con su agenda bien programada.  Justo el mismo día que cumplí las 41 semanas de embarazo, él se decidió a nacer.  Es más, también estaba contenta porque la labor de parto duró 13 horas, cumpliendo todas las etapas exactamente en los tiempos previstos.  Ya con el correr de los días, mi hijito nos volvió a asombrar con su agenda súper programada:  Justo el día que cumplió su primera semana de nacido, su cordón umbilical se desprendió.</p>
<p>Este muchachito va a ser muy detallista de grande (mi ginecóloga dice que será científico).  Si bien nació calatito, no olvidó traer bajo el brazo su agenda con cálculos precisos de todos sus tiempos.  Y sí que los hace cumplir, porque todo lo tiene bien calculado.</p>
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