Los hijos duelen

Desde pequeña, mi madre siempre ha dicho que yo soy una de esas personas que muestra gran resistencia ante el dolor físico y no llora fácilmente.  Cada vez que sufría algún golpe, torcedura o caída, me los aguantaba en silencio asumiendo una actitud de casi total desinterés hacia la lesión.  Eso se vio reforzado cuando inicié la práctica de artes marciales a los 12 años.  El entrenamiento era bastante arduo y exigente, pero fascinante y adictivo.  Lamentablemente, me retiré a temprana edad de tan apasionante práctica debido a una lesión en la columna vertebral, que se vio agravada por seguir practicando (a pesar de la lesión) durante varios meses después de haber sufrido una seria lumbalgia.

A pesar de ello, al salir embarazada no pude evitar sentir cierto temor al dolor que me esperaría durante la labor de parto; temor que se vio incrementado al recordar las escenas de tantas películas que he visto en las que las mujeres que están dando a luz se retuercen, gritan y lloran de dolor.  Aun así, trataba de convencerme (aunque sin mucho éxito) de que el parto sólo sería una prueba más en la que la mente podría dominar al dolor (al final de cuentas no puedo dominarlo, ¡pero bue’…!).

Y como no hay plazo que no se cumpla, el domingo 8 de marzo mi cuerpo empezó a dar señales de que el momento de la verdad estaba realmente muy cerca.  Apenas inicié la (verdadera) labor de parto (desde dilatación uno) hasta ahora, no he dejado de sufrir algún dolor en alguna parte del cuerpo.  El trabajo de parto me hizo ver que hay un nivel de dolor extremadamente elevado que no sabía que pudiera existir.  Sé que todas las mujeres que hemos pasado por un parto natural hemos atravesado por experiencias distintas; sé de mujeres que no han sentido mayores dolores o molestias, mientras que otras me dicen que sufrieron mucho.  Yo pertenezco al segundo grupo, sin duda alguna.

Cuando los dolores eran tan fuertes que me hacían cerrar fuertemente los ojos para tratar de “despegarme de este mundo”, recién iba en dilatación dos (no sé cómo, pero de alguna forma debía llegar a 10…).  Eso hizo que me rindiera ante el dolor y que en dilatación tres aceptara que me inyectaran los analgésicos (su misma aplicación me hizo saltar de dolor).  Las contracciones seguían su curso y cuando estaba en las tres últimas horas se hicieron aun más insoportables.  Me retorcía, gemía (tratando de hacerlo lo más silenciosamente posible para no espantar a otras pacientes) y hasta derramaba lágrimas.  En esos momentos, más de una persona me ofreció su mano para estrechársela (entiéndase estrujársela) durante los dolores, pero me concienticé en no hacerlo por temor a romperles (literalmente) los dedos.  ¡Cómo deseaba que todo acabara!  Aunque suene ridículo, ¡hasta me estaba arrepintiendo de estar ahí!

Cuando iba en dilatación nueve, se me ocurrió la “brillante” idea de pedir a gritos cesárea (aunque no llegué a solicitarlo).  Pero en verdad ya era muy tarde para eso, pues mi ginecóloga me había preparado hasta ese momento, arduamente y durante horas, para el gran momento.   Una vez que ella ayudó a mi bebé a posicionarse (justo sobre la dilatación 10), fui llevada rápidamente a la sala de partos.  Cuando iba a traspasarme de una camilla hacia la otra, sentí que la cabeza de mi hijo presionaba fuertemente por salir y no pude evitar gritar de dolor y desesperación, y la epidural (y sus dos refuerzos) no podía mitigarlo.  El dolor hasta entonces había sido insorportable, pero el que estaba sintiendo en ese preciso momento rebasaba todo límite y me acercaba (según yo) a la muerte misma.

Confieso que yo misma me desconocí.  Mi voz no era mi voz, eran gritos llenos de angustia que llenaban la habitación de más tensión (al menos para mi esposo y para mí, pues imagino que el personal médico habrá visto y oído de todo hasta hoy).  La expulsión de mi bebé en sí fue rápida, pero la etapa siguiente a ésta también fue muy dolorosa e incómoda (la extracción de la placenta, principalmente).

Hoy, más de una semana después del nacimiento de Daniel Ken, me encuentro en casa disfrutando de las miraditas curiosas, “guiños” y lloriqueos de mi hijito.  Lo amo mucho y quiero darle lo mejor de mí; entre los obsequios que estoy dispuesta a darle sin si siquiera dudarlo, está su lechecita materna.  Pero es tanto su vigor a la hora de succionar, que me ha dejado múltiples heridas en ambos lados, que no llegan a cicatrizar por el “uso continuo”.  El hijo me sigue doliendo hasta hoy de esa manera.  El dolor tampoco es sutil, pues hasta me ha hecho derramar lágrimas en dos o tres oportunidades.  Ello me ha obligado a hacer uso de un extractor manual de leche materna, para poder ofrecérsela luego en un biberón.  Confieso que me siento un poco culpable al hacerle usar biberón (pues quería evitar hacerlo en lo posible), pero deseo que todas mis heridas sequen y sanen para poder reanudar la distribución de leche en “envase original y directo de fábrica” sin tener que seguir recurriendo al “cambio de empaque” en la leche.  Estoy segura que de esa manera la experiencia de dar de lactar y los momentos que pasemos pecho contra pecho juntitos, serán mucho más significativos y ayudarán a estrechar nuestros lazos aun más.

Es por eso que he llegado a la conclusión de que los hijos duelen.  Cuando él crezca y deje de dolerme físicamente, seguramente que ocasionalmente me dolerá en el alma no poder aliviar su angustia, resolver sus problemas, atenuar sus frustraciones o borrar su tristeza.  Pero ahí estaré, para ofrecerle mi hombro o unas palabras de aliento… porque así como me dolió tenerlo, lo adoro hasta el infinito.